A veces nosotros mismos nos convencemos
de que somos muy humildes, pero no estamos obrando humildemente ya que en
realidad procedemos con soberbia. Nos afectamos por causa de que los demás no
son humildes, y no porque no lo somos nosotros.
Para ser de verdad humildes es
necesaria la lucidez de contemplarnos a nosotros mismos desde la perspectiva de
Dios y entonces seremos conscientes de nuestra pobreza y necesidad. Abrir nuestros ojos y nuestro corazón
a la verdad de Dios sin excusas y autoengaño.
Entonces seremos testigos cercanos y
claros de nuestra propia nulidad, de nuestra impotencia. Y el mismo Espíritu
dice claramente: Porque tú
dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y
no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.
Por tanto, yo te aconsejo que de mí
compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para
vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con
colirio, para que veas. Apocalipsis 3:17 y ss. Comprobemos lo claro que Dios
habla. Y actuemos en consecuencia, dice Romano Guardini.